Viento del norte por Elena Quiroga
(Barcelona: Ediciones Destino, 1970)
págs. 256-257
El trozo:
1) —Marcela — en la oscuridad, la voz de Álvaro, partiendo del cuerpo
2) quieto, la sobrecoge —. ¿Por qué no vas, un día de estos, a ver a Lucía?
3) —¿Con el niño? — pregunta Marcela, asombrada.
4) —Con el niño, sí — se sacrifica Álvaro.
5) Marcela calla. No tiene deseos de ausentarse, le parece que su puesto
6) está allí, junto al sillón de su marido inválido, pero no sabe cómo decirlo.
7) Por otra parte, ¿no será que Álvaro, al fin, se ha cansado de ella? ¿O que
8) también, como ella antes, se siente abrumado por la monotonía del vivir?
9) —Iré, si lo quiere.
10) Al oírla tan mansa, Álvaro suspira, aliviado. Es casi como un quejido
11) que se deshace en sonrisa: sólo la sombra de la noche sabe de ella.
12) —Puedes coger el coche de Andrés, y pasas el día allá, de cuando en
13) cuando. No es vida para una mujer joven…
14) Marcela piensa, de pronto, que no se ha dado cuenta de cómo pasó el
15) verano y el otoño. En la primavera pasada murió don Enrique, y desde
16) entonces, dentro de casa, con la lumbre encendida en pleno estío, los
17) días se han ido sin notarlos. Ella estaba habituada a andar, a sentarse el
18) día entero al aire libre, y por eso, quizás, ha sentido antes opresión,
19) angustia. También Álvaro andaba… “¡Ay!”, tiene gana de gritar Marcela.
20) Ahora recuerda cuántas veces le viera por la fraga, caminando despacio,
21) empujando las hojas con el bastón. La imagen de un hombre fuerte y joven
22) viene a ella: encuentra, en la noche, al amo que se inclinaba por la ventana
23) del despacho cuando ella era muy pequeña: “Cuidado, que va a caerse”. Él
24) no tuvo a nadie cerca que avisara: “Cuidado, que se cae”. Le ve sin canas,
25) con la cara curtida del sol, inclinándose sobre los surcos: “Sacha más, que
26) tan a flor de tierra no prende”. Y cuando ella, mocosa de ocho años, iba,
22) viene a ella: encuentra, en la noche, al amo que se inclinaba por la ventana
23) del despacho cuando ella era muy pequeña: “Cuidado, que va a caerse”. Él
24) no tuvo a nadie cerca que avisara: “Cuidado, que se cae”. Le ve sin canas,
25) con la cara curtida del sol, inclinándose sobre los surcos: “Sacha más, que
26) tan a flor de tierra no prende”. Y cuando ella, mocosa de ocho años, iba,
27) mandada por Ermitas, a ver si necesitaba algo, o a cerrar las ventanas en
28) los días de viento. ¡Cuánto miedo pasaba por los pasillos! Y luego le
28) los días de viento. ¡Cuánto miedo pasaba por los pasillos! Y luego le
29) semejaba milagro ver al amo de pie, frente a la ventana, mientras el
30) tumbaloureiro amenazaba tirar la casa. ¡Tantas noches con Ermitas,
31) pendiente de los relinchos del “Gallardo” — ¡el demonio se lo lleve! — que
32) anunciaban la llegada del amo!
33) —Y luego, ¿quién subirá a los otros, si les llevo el coche?
34) —¿Qué importa? — porfía Álvaro.
35) —Habrá que esperar al buen tiempo.
36) —Mujer, en el coche…
37) Marcela sabe que Ermitas fruncirá los labios, que las criadas dirán en la
38) cocina: “Con el marido enfermo tira para el monte, como la madre”.
39) Compadecerán al señor: “¡Cuidado!”, y ella no quiere que compadezcan al 40) amo, a su marido.
41) —Puédole ir la tarde sólo, entremientras los otros le acompañan.
42) Álvaro se avergüenza, tiene gana de hundir la cabeza en la almohada, de 43) pedirle perdón.
44) “Gracias, Marcela”, le diría.
45) Pero ambos callan.
El asunto:
Álvaro sugiere que Marcela vaya a ver a Lucía. Marcela está sorprendida y le pregunta si quiere decir que vaya con el niño; Álvaro dice que sí. Marcela piensa que no quiere ir sino que debe quedarse con su marido aunque no sabe decir esto. Se pregunta si Álvaro se cansa de ella o si él está cansado de la rutina de su vida. Le contesta que irá si Álvaro lo quiere. Éste exhala: es una queja que cambia en un alivio tan privado que nadie puede oírlo. Álvaro habla de los detalles de las visitas de Marcela. Nota que la vida de Marcela no corresponde a una mujer joven.
Marcela reflexiona sobre el paso del tiempo que no ha notado. Desde la muerte de don Enrique se queda en casa en vez de estar afuera como antes; cree que este cambio ha contribuido a que se ha sentido oprimida. Desea gritar al recordar que su esposo también solía andar al aire libre. Se acuerda de Álvaro cuando era joven y piensa en su accidente. Recuerda esperar con Ermitas a que oyeran el “Gallardo” para saber que llegaba Álvaro y maldice el “Gallardo”.
Marcela le pregunta a Álvaro cómo llegarán los otros si ella toma el coche. Álvaro le responde, “¿Qué importa?” Ella dice que debe esperar al buen tiempo para ir, pero él insiste en que ella toma el coche.
Marcela piensa que las criadas no aprobarán sus visitas con Lucía y la compararán con su madre. Tendrán misericordia de su marido y ella no quiere eso. Sugiere ir por las tardes solamente porque entonces habrán otras personas con Álvaro. Éste siente vergüenza quiere esconderse, pedirle perdón, y ofrecerle gracias, pero no lo hace. Los dos quedan en silencio.
Localización:
Este trozo se encuentra en la cuarta parte del libro después del accidente de Álvaro. Marcela se culpa del accidente y por eso se ha quedado en casa al lado de su marido desde que ocurrió. Álvaro ha notado que el joven juez, don Francisco, muestra interés romántico en Marcela y también piensa que no es saludable que Marcela esté siempre al lado suyo en casa; por eso sugiere que ella se ausente de vez en cuando.
La estructura:
Este trozo tiene cuatro apartados.
A. La sugerencia de Álvaro (y los pensamientos de Marcela al respecto): “Marcela…monotonía del vivir.” ll.1-8
B. La respuesta de Marcela (y los pensamientos de Álvaro al respecto): “Iré…una mujer joven…” ll.9-13
C. Las reflexiones de Marcela: “Marcela piensa…la llegada de amo.” ll.14-32
D. La conversación termina: “Y luego…ambos callan.” ll.33-45
Apartado A: La sugerencia de Álvaro
“—Marcela — en la oscuridad, la voz de Álvaro, partiendo del cuerpo quieto, la sobrecoge —.”
Álvaro abre una conversación con su mujer. Están en la cama y su voz llega a ella como si fuera algo separada de su cuerpo: ella no lo ve ni lo siente—como duermen ya en camas diferentes—pero lo oye. La asuste porque no espera que su esposo le hable; están a punto de dormir, y también los dos hablan poco porque no saben relacionarse muy bien. El narrador describe el cuerpo de Álvaro como quieto—«que no hace movimiento», según el DRAE—porque es parapléjico.
“¿Por qué no vas, un día de estos, a ver a Lucía?
—¿Con el niño? — pregunta Marcela, asombrada.
—Con el niño, sí — se sacrifica Álvaro.”
Álvaro sugiere que Marcela vaya a visitar a Lucía. Él la trata de tú y se siente libre para hacerle una pregunta o una sugerencia. Esto se ve a través del libro; más tarde, cuando ella sí va a Cora a pasar las tardes con Lucía, él siempre quiere saber cómo pasó la tarde: «él pregunta, y ella contesta» (pág. 272). Marcela se sorprende de que su marido le permita llevar al hijo, y el narrador indica que ella tiene razón porque para Álvaro es un sacrificio estar separado del niño, pero él está dispuesto a hacer el sacrificio.
“Marcela calla. No tiene deseos de ausentarse, le parece que su puesto está allí, junto al sillón de su marido inválido, pero no sabe cómo decirlo.”
Marcela guarda silencio. Esto no es nada raro para ella; piensa y siente muchas cosas pero nunca las dice a su marido. Al usar el verbo ausentarse (DRAE: «separarse de una persona o lugar, y especialmente de la población en que se reside»), el narrador enfatiza el sentido de separación que para Marcela acompaña la sugerencia de Álvaro. Ir a visitar a Lucía en Cora representa una separación de La Sagreira, de su casa y su lugar; durante su vida entera no le ha gustado salir de la finca por ninguna razón.
También existe el hecho de que ve al amo paralizado como su cargo, tanto porque es su esposo como porque ella se culpa de la parálisis. El sillón representa la incapacidad de Álvaro; fue a la primera mención del sillón que Álvaro, normalmente tranquilo y pensativo, reaccionó a su condición de invalidez. «El detalle trivial promovió la explosión. […] Lo que quedaba de vida, viejo, inútil, en una butaca con ruedas» (pág. 241).
Marcela piensa en todo esto, pero como nunca ha podido aceptar a Álvaro como marido—todavía lo ve como amo—no encuentra ahora la manera de oponerse a lo que él ha dicho.
“Por otra parte, ¿no será que Álvaro, al fin, se ha cansado de ella? ¿O que también, como ella antes, se siente abrumado por la monotonía del vivir?”
Luego Marcela se pregunta por qué habrá hecho Álvaro tal pregunta. Admite la posibilidad de que Álvaro está cansada de ella como esposa. La expresión al fin indica que tal vez no es una gran posibilidad, porque había ocasiones anteriores en que él hubiera podido cansarse de ella pero eso no ocurrió. El lector ya sabe a estas alturas de la novela que esta «posibilidad» realmente no existe: Álvaro, como dice Joaquín a su esposa, «está loco por ella» (pág. 189).
Inmediatamente el pensamiento de Marcela admite otra posibilidad: que la vida de Álvaro sea monótona y él quiera experimentar un cambio. El «antes» se refiere al período después del accidente de Álvaro y antes del empiezo de la tertulia diaria que tiene Álvaro con don Francisco, don Mariano, y don Antonio. Durante esos días ella pasaba horas enteras sentada quieta sin poder reaccionar mental o emocionalmente a la verdad del accidente. Ahora Álvaro pasa todos los días dentro de casa sin poder moverse del sitio en donde lo ponen; para él, todos los días ahora son iguales. El narrador menciona en otro momento que «desde la caída no ha vuelto a sentir calor» (pág. 263), así que ni siquiera el cambio de las estaciones le concede variación entre los días. Esta continuidad infinita agobiaba a Marcela quien supone que su marido sentirá lo mismo.
Apartado B: La respuesta de Marcela
“—Iré, si lo quiere.”
Como siempre, Marcela deja que su esposo tome las decisiones y no le da muestra alguna de sus preferencias. Por su respuesta Álvaro no tiene la menor idea de si ella realmente quiere ir o no. Es importante notar que Marcela sigue tratando de usted a su marido. Había un momento en que este hábito «le enojaba lo indecible» a Álvaro (pág. 176), pero ya no siente más que piedad y ternura hacia ella (pág. 244) y no dice nada.
“Al oírla tan mansa, Álvaro suspira, aliviado. Es casi como un quejido
que se deshace en sonrisa: sólo la sombra de la noche sabe de ella.”
Álvaro tiene sentimientos contradictorios hacia la respuesta de su mujer. Siente alivio porque ella ha aceptado su idea, pero hay más que esto en su suspiro: el narrador también usa un término muy opuesta, «un quejido», para describirlo. El DRAE define quejido como «voz lastimosa, motivada por un dolor o pena que aflige y atormenta», así que resulta chocante el uso de esta palabra con aliviado. Con este contraste, el narrador permite al lector ver el conflicto dentro del corazón de Álvaro en cuanto a Marcela. Aunque le agrada que su mujer le escuche, le duele que ella nunca le diga lo que piensa o quiere. La palabra mansa es llamativa porque muchas veces se usa para referirse a los animales, que no tienen voluntad propia sino que hacen lo que mandan otros.
Entre los dos sentimientos, no obstante, gana lo positivo cuando el quejido que viene primero «se deshace en sonrisa». Pero Marcela no sabe que Álvaro sonríe porque está oscuro dentro del cuarto, así que ella tampoco sabe cómo su esposo se siente hacia ella.
“—Puedes coger el coche de Andrés, y pasas el día allá, de cuando en cuando. No es vida para una mujer joven…”
Ya que Marcela ha aceptado la idea de ir a Cora, Álvaro continúa formulando el plan. Vale notar que ella pasará el día en Cora solamente a veces; Álvaro no sugiere que se ausente de La Sagreira todos los días. El comentario de Álvaro sobre la vida de Marcela parece un pensamiento a voz alta al que no espera una respuesta. A pesar del deber que siente Marcela a quedarse con su esposo, éste reconoce que ella—unos treinta y tres años menor que él—necesita la compañía de otros de su edad. También reconoce que las tertulias entre sus amigos que toman lugar todas las tardes son cosa de hombres y supone que Marcela, como mujer, querrá otro tipo de compañía.
Apartado C: Las reflexiones de Marcela
“Marcela piensa, de pronto, que no se ha dado cuenta de cómo pasó el verano y el otoño. En la primavera pasada murió don Enrique…”
Marcela, quien ha vivido la mayoría de sus días al aire libre, no recuerda ahora el paso de las estaciones. La muerte de don Enrique en la primavera es el punto de referencia por los pensamientos que siguen porque el día de su funeral fue el mismo día en que Álvaro se cayó, paralizándose y cambiando el rumbo de la vida de Marcela.
“…y desde entonces, dentro de casa, con la lumbre encendida en pleno estío, los días se han ido sin notarlos. Ella estaba habituada a andar, a sentarse el día entero al aire libre, y por eso, quizás, ha sentido antes opresión, angustia.”
La «nueva vida» de Marcela tiene lugar dentro de la casa sin respecto a lo que pasa afuera: las estaciones y el tiempo no importan. Dentro de la casa todos los días y todas las estaciones se parecen; ni siquiera en pleno verano, en los días más soleados y más calurosos de todo el año, se apagan las luces.
Este nuevo estilo de vida forma un contraste bastante fuerte a la vida anterior de Marcela. Desde que era niña prefiere pasar los días al aire libre; por más que Ermitas la riñera seguía escapándose a los campos siempre que podía (pág. 43). Aún después de casarse se sentaba con frecuencia junto al pozo para hablar y reírse con Ermitas y caminaba por los campos (págs. 172-173). No es de sorprender entonces que el cambio la oprima y la angustie.
“También Álvaro andaba… ‘¡Ay!’, tiene gana de gritar Marcela.”
Los primeros pensamientos de Marcela en cuanto a la división del tiempo—«antes de accidente» y «después del accidente»—han centrado en ella misma, pero estos pensamientos dan lugar a otros más difíciles. El accidente que alteró su vida cambió aún más la vida de Álvaro, y este recuerdo le trae tanta emoción que siente dentro de su ser un grito de dolor.
“Ahora recuerda cuántas veces le viera por la fraga, caminando despacio, empujando las hojas con el bastón.”
Marcela recuerda a su marido caminando por las fincas aún hasta las partes no cultivadas donde tenía necesidad de despejar con su bastón el camino que tomaba. Que lo hacía con frecuencia e iba despacio sugiere que le gustaba estar afuera y no tenía prisa por regresar a la casa.
“La imagen de un hombre fuerte y joven viene a ella: encuentra, en la noche, al amo que se inclinaba por la ventana del despacho cuando ella era muy pequeña: ‘Cuidado, que va a caerse’. Él no tuvo a nadie cerca que avisara: ‘Cuidado, que se cae’.”
Ahora, tendida en la cama junto a su esposo, Marcela recuerda un evento de su infancia. Ella estaba junto a Ermitas, jugando, mientras ésta lavaba ropa en el pozo. No sabía que el amo la miraba desde la ventana de su despacho hasta que él gritó a Ermitas que Marcela iba a caerse (pág. 42). Marcela yuxtapone este recuerdo con lo que sabe del accidente de Álvaro: su esposo se cayó de su caballo. Cuando ella corría peligro, él no dejó que se dañara; pero cuando fue él que se encontraba en una situación semejante, ni ella ni nadie estaba a su lado para impedir que se hiriera.
“Le ve sin canas, con la cara curtida del sol, inclinándose sobre los surcos: ‘Sacha más, que tan a flor de tierra no prende’.”
Se veía en la cara de Álvaro que pasaba mucho tiempo al sol. El verbo curtir refiere a que el sol tuesta y endurece la piel de quién suele andar al aire libre (DRAE). El hecho de que Álvaro ofrecía consejos sobre la siembra—aquí exige que se arrancara más hierba mala para que la siembra creciera mejor—muestra que tenía buen conocimiento de las funciones de sus fincas, aunque él mismo no trabajaba la tierra.
Y cuando ella, mocosa de ocho años, iba, mandada por Ermitas, a ver si necesitaba algo, o a cerrar las ventanas en los días de viento. ¡Cuánto miedo pasaba por los pasillos! Y luego le semejaba milagro ver al amo de pie, frente a la ventana, mientras el tumbaloureiro amenazaba tirar la casa.
Otro recuerdo que Marcela tiene de su niñez: los días del tumbaloureiro, o sea, el viento del norte que da al libro su nombre. Marcela era joven y no tenía experiencia en servir al amo; por eso, se recuerda como «mocosa» (DRAE). Para caminar, tenía que luchar contra el viento que entraba en el pasillo; vio que cosas caían y se rompían, que le daba miedo. Pero en esa ocasión como en otras, Álvaro mostraba su amor para con la naturaleza: en vez de protegerse del viento, tenía la ventana de su despacho abierto y estaba frente a ella disfrutando la tormenta (págs. 59-60). A los ojos de la pequeña criada era increíble que el amo, en vez de tener miedo como ella, se pusiera a propósito en el trayecto del viento.
“¡Tantas noches con Ermitas, pendiente de los relinchos del ‘Gallardo’ — ¡el demonio se lo lleve! — que anunciaban la llegada del amo!”
El último recuerdo de Marcela en este momento es el de estar en la cama, al lado de Ermitas, escuchando codiciosas a que regresara Álvaro. El relincho del caballo era el primer sonido que oían que indicaba la presencia del amo; por esta razón las dos quedaban, según el DRAE, «sumamente atentas» para oír este sonido. Pensándolo ahora, Marcela maldice el caballo porque fue el “Gallardo” que Álvaro montaba la noche del accidente y que lo dejó caer. Es interesante que Marcela piense mal del caballo, como ella se culpa a sí misma del accidente.
Apartado D: Termina la conversación
“—Y luego, ¿quién subirá a los otros, si les llevo el coche?
—¿Qué importa? — porfía Álvaro.
—Habrá que esperar al buen tiempo.
—Mujer, en el coche…”
Marcela ha aceptado el plan de su marido, pero no puede evitar mostrar su disgusto con una pregunta propia. Sabe que los amigos de Álvaro suelen tomar el coche de Andrés los días de mal tiempo. Álvaro no da importancia a la cuestión; cuando el narrador dice que porfía—insiste repetidamente (DRAE)—nos da a entender que Álvaro ya ha tomado una decisión y no acepta las protestaciones, débiles como son, de su mujer. Aún cuando ella sugiere salir sólo en días de buen tiempo, cuando los amigos no tienen necesitad del coche, él insiste en que ella no se inquiete.
“Marcela sabe que Ermitas fruncirá los labios, que las criadas dirán en la cocina: ‘Con el marido enfermo tira para el monte, como la madre’. Compadecerán al señor: ‘¡Cuidado!’, y ella no quiere que compadezcan al amo, a su marido.
—Puédole ir la tarde sólo, entremientras los otros le acompañan.”
Marcela teme la reacción que tendrán las criadas cuando ella salga. Ermitas, en un momento la única «madre» que Marcela conocía, le echa la culpa del accidente a Marcela y ya no trata con ella. La acción de fruncir los labios indica disgusto y una falta de aprobación.
Como las otras criadas nunca tenían buena opinión de Marcela, ahora pensarán que no tiene derecho de dejar a su marido; lo irónico es que Marcela piensa lo mismo y es Álvaro el que insiste. Las criadas mencionarán a la madre de Marcela, la Matuxa, quien era «guarra» y «mala pécora» (págs.10, 17): dio luz a Marcela sin estar casada, intentó matar a su bebé, y luego huyó de La Sagreira dejando atrás a Marcela. Durante toda la vida de Marcela el pecado de su madre ha sido influencia en cómo las criadas la tratan, y sabe que ellas no perderán oportunidad de repetir que ella es hija de mala madre. Tendrán misericordia del amo por las acciones de ella: desde el accidente los criados dan a Marcela a entender que Álvaro pertenece más a ellos, sus criados fieles, que a ella, su esposa, la que «tiene la culpa» de su parálisis. Marcela sabe que si deja a su marido, este sentimiento va a crecer entre los criados, pero sabe también que a pesar de su aflicción Álvaro es un hombre fuerte y no precisa la compasión de nadie. Estos conocimientos motivan a Marcela a proponer un cambio pequeño al plan: si no deja a Álvaro completamente a solas, tal vez no ganará tanto desprecio de las criadas.
“Álvaro se avergüenza, tiene gana de hundir la cabeza en la almohada, de pedirle perdón.
‘Gracias, Marcela’, le diría.”
Álvaro no sabe todo lo que piensa Marcela al respecto al plan nuevo, pero entiende que ella está ofreciendo un compromiso y esto le molesta. Como el amo de la casa no le gusta tener que depender de nadie, especialmente de su esposa porque cree que es él que debe proteger a ella. El verbo hundir es muy descriptivo porque tiene el significado literal de «meter en lo hondo, sumergirse» pero también tiene usos más fuertes: «destruir, desaparecer» (DRAE). La vergüenza que Álvaro siente al poner a su mujer en la situación de proteger y cuidar a él es grandísima. Piensa en pedirle perdón o al mínimo agradecerle su cooperación y ayuda.
“Pero ambos callan.”
La conversación termina; el plan está completo y la decisión ha sido tomado. Que los dos dejan de hablar no es notable en sí; es normal al final de una conversación. Lo interesante aquí es que ambos callen a pesar de lo mucho que anhelan decir.
El tema: No puede existir entendimiento verdadero en una relación si las personas que la componen no hablan honesta y abiertamente.
Conclusión:
Este trozo, como muchos en el libro, me dio ganas de llorar. Hay tanto cariño que existe entre Álvaro y Marcela, pero ningún de los dos sabe expresar lo que siente. Tanto los recuerdos de Marcela como su insistencia en tratar a Álvaro de usted muestran que todavía piensa en Álvaro como «el amo». Por otro lado, el orgullo de Álvaro—como hombre y también tal vez por ser, de hecho, el amo—tampoco le permite experimentar un entendimiento mutuo con su esposa. Después de leer este trozo no es difícil de creer que los dos nunca llegarán a un acuerdo y nunca tendrán oportunidad de confesar el amor que en verdad comparten.