domingo, 28 de noviembre de 2010

Comentario de texto: Viento del norte

Viento del norte por Elena Quiroga
(Barcelona: Ediciones Destino, 1970)
págs. 256-257

El trozo:
1)     —Marcela — en la oscuridad, la voz de Álvaro, partiendo del cuerpo
2) quieto, la sobrecoge —. ¿Por qué no vas, un día de estos, a ver a Lucía?
3)     —¿Con el niño? — pregunta Marcela, asombrada.
4)     —Con el niño, sí — se sacrifica Álvaro.
5)     Marcela calla. No tiene deseos de ausentarse, le parece que su puesto
6) está allí, junto al sillón de su marido inválido, pero no sabe cómo decirlo.
7) Por otra parte, ¿no será que Álvaro, al fin, se ha cansado de ella? ¿O que
8) también, como ella antes, se siente abrumado por la monotonía del vivir?
9)     —Iré, si lo quiere.
10)     Al oírla tan mansa, Álvaro suspira, aliviado. Es casi como un quejido
11) que se deshace en sonrisa: sólo la sombra de la noche sabe de ella.
12)     —Puedes coger el coche de Andrés, y pasas el día allá, de cuando en
13) cuando. No es vida para una mujer joven…
14)     Marcela piensa, de pronto, que no se ha dado cuenta de cómo pasó el
15) verano y el otoño. En la primavera pasada murió don Enrique, y desde
16) entonces, dentro de casa, con la lumbre encendida en pleno estío, los
17) días se han ido sin notarlos. Ella estaba habituada a andar, a sentarse el
18) día entero al aire libre, y por eso, quizás, ha sentido antes opresión,
19) angustia. También Álvaro andaba… “¡Ay!”, tiene gana de gritar Marcela.
20) Ahora recuerda cuántas veces le viera por la fraga, caminando despacio,
21) empujando las hojas con el bastón. La imagen de un hombre fuerte y joven
22) viene a ella: encuentra, en la noche, al amo que se inclinaba por la ventana
23) del despacho cuando ella era muy pequeña: “Cuidado, que va a caerse”. Él
24) no tuvo a nadie cerca que avisara: “Cuidado, que se cae”. Le ve sin canas,
25) con la cara curtida del sol, inclinándose sobre los surcos: “Sacha más, que
26) tan a flor de tierra no prende”. Y cuando ella, mocosa de ocho años, iba,
27) mandada por Ermitas, a ver si necesitaba algo, o a cerrar las ventanas en
28) los días de viento. ¡Cuánto miedo pasaba por los pasillos! Y luego le
29) semejaba milagro ver al amo de pie, frente a la ventana, mientras el
30) tumbaloureiro amenazaba tirar la casa. ¡Tantas noches con Ermitas,
31) pendiente de los relinchos del “Gallardo” — ¡el demonio se lo lleve! — que
32) anunciaban la llegada del amo!
33)     —Y luego, ¿quién subirá a los otros, si les llevo el coche?
34)     —¿Qué importa? — porfía Álvaro.
35)     —Habrá que esperar al buen tiempo.
36)     —Mujer, en el coche…
37)     Marcela sabe que Ermitas fruncirá los labios, que las criadas dirán en la
38) cocina: “Con el marido enfermo tira para el monte, como la madre”.
39) Compadecerán al señor: “¡Cuidado!”, y ella no quiere que compadezcan al 40) amo, a su marido.
41)     —Puédole ir la tarde sólo, entremientras los otros le acompañan.
42)     Álvaro se avergüenza, tiene gana de hundir la cabeza en la almohada, de 43) pedirle perdón.
44)     “Gracias, Marcela”, le diría.
45)     Pero ambos callan.


El asunto:
Álvaro sugiere que Marcela vaya a ver a Lucía.  Marcela está sorprendida y le pregunta si quiere decir que vaya con el niño; Álvaro dice que sí.  Marcela piensa que no quiere ir sino que debe quedarse con su marido aunque no sabe decir esto.  Se pregunta si Álvaro se cansa de ella o si él está cansado de la rutina de su vida.  Le contesta que irá si Álvaro lo quiere.  Éste exhala: es una queja que cambia en un alivio tan privado que nadie puede oírlo.  Álvaro habla de los detalles de las visitas de Marcela.  Nota que la vida de Marcela no corresponde a una mujer joven.

Marcela reflexiona sobre el paso del tiempo que no ha notado.  Desde la muerte de don Enrique se queda en casa en vez de estar afuera como antes; cree que este cambio ha contribuido a que se ha sentido oprimida.  Desea gritar al recordar que su esposo también solía andar al aire libre.  Se acuerda de Álvaro cuando era joven y piensa en su accidente.  Recuerda esperar con Ermitas a que oyeran el “Gallardo” para saber que llegaba Álvaro y maldice el “Gallardo”.

Marcela le pregunta a Álvaro cómo llegarán los otros si ella toma el coche.  Álvaro le responde, “¿Qué importa?”  Ella dice que debe esperar al buen tiempo para ir, pero él insiste en que ella toma el coche.

Marcela piensa que las criadas no aprobarán sus visitas con Lucía y la compararán con su madre.  Tendrán misericordia de su marido y ella no quiere eso.  Sugiere ir por las tardes solamente porque entonces habrán otras personas con Álvaro.  Éste siente vergüenza quiere esconderse, pedirle perdón, y ofrecerle gracias, pero no lo hace.  Los dos quedan en silencio.

Localización:
Este trozo se encuentra en la cuarta parte del libro después del accidente de Álvaro.  Marcela se culpa del accidente y por eso se ha quedado en casa al lado de su marido desde que ocurrió.  Álvaro ha notado que el joven juez, don Francisco, muestra interés romántico en Marcela y también piensa que no es saludable que Marcela esté siempre al lado suyo en casa; por eso sugiere que ella se ausente de vez en cuando.

La estructura:
Este trozo tiene cuatro apartados.
A.    La sugerencia de Álvaro (y los pensamientos de Marcela al respecto): “Marcela…monotonía del vivir.” ll.1-8
B.    La respuesta de Marcela (y los pensamientos de Álvaro al respecto): “Iré…una mujer joven…” ll.9-13
C.    Las reflexiones de Marcela: “Marcela piensa…la llegada de amo.” ll.14-32
D.    La conversación termina: “Y luego…ambos callan.” ll.33-45

Apartado A: La sugerencia de Álvaro
“—Marcela — en la oscuridad, la voz de Álvaro, partiendo del cuerpo quieto, la sobrecoge —.”
Álvaro abre una conversación con su mujer.  Están en la cama y su voz llega a ella como si fuera algo separada de su cuerpo: ella no lo ve ni lo siente—como duermen ya en camas diferentes—pero lo oye.  La asuste porque no espera que su esposo le hable; están a punto de dormir, y también los dos hablan poco porque no saben relacionarse muy bien.  El narrador describe el cuerpo de Álvaro como quieto—«que no hace movimiento», según el DRAE—porque es parapléjico.

“¿Por qué no vas, un día de estos, a ver a Lucía?
     —¿Con el niño? — pregunta Marcela, asombrada.
     —Con el niño, sí — se sacrifica Álvaro.”
Álvaro sugiere que Marcela vaya a visitar a Lucía.  Él la trata de y se siente libre para hacerle una pregunta o una sugerencia.  Esto se ve a través del libro; más tarde, cuando ella sí va a Cora a pasar las tardes con Lucía, él siempre quiere saber cómo pasó la tarde: «él pregunta, y ella contesta» (pág. 272).  Marcela se sorprende de que su marido le permita llevar al hijo, y el narrador indica que ella tiene razón porque para Álvaro es un sacrificio estar separado del niño, pero él está dispuesto a hacer el sacrificio.

“Marcela calla. No tiene deseos de ausentarse, le parece que su puesto está allí, junto al sillón de su marido inválido, pero no sabe cómo decirlo.”
Marcela guarda silencio.  Esto no es nada raro para ella; piensa y siente muchas cosas pero nunca las dice a su marido.  Al usar el verbo ausentarse (DRAE: «separarse de una persona o lugar, y especialmente de la población en que se reside»), el narrador enfatiza el sentido de separación que para Marcela acompaña la sugerencia de Álvaro.  Ir a visitar a Lucía en Cora representa una separación de La Sagreira, de su casa y su lugar; durante su vida entera no le ha gustado salir de la finca por ninguna razón.

También existe el hecho de que ve al amo paralizado como su cargo, tanto porque es su esposo como porque ella se culpa de la parálisis.  El sillón representa la incapacidad de Álvaro; fue a la primera mención del sillón que Álvaro, normalmente tranquilo y pensativo, reaccionó a su condición de invalidez.  «El detalle trivial promovió la explosión. […]  Lo que quedaba de vida, viejo, inútil, en una butaca con ruedas» (pág. 241).

Marcela piensa en todo esto, pero como nunca ha podido aceptar a Álvaro como marido—todavía lo ve como amo—no encuentra ahora la manera de oponerse a lo que él ha dicho.

“Por otra parte, ¿no será que Álvaro, al fin, se ha cansado de ella? ¿O que también, como ella antes, se siente abrumado por la monotonía del vivir?”
Luego Marcela se pregunta por qué habrá hecho Álvaro tal pregunta.  Admite la posibilidad de que Álvaro está cansada de ella como esposa.  La expresión al fin indica que tal vez no es una gran posibilidad, porque había ocasiones anteriores en que él hubiera podido cansarse de ella pero eso no ocurrió.  El lector ya sabe a estas alturas de la novela que esta «posibilidad» realmente no existe: Álvaro, como dice Joaquín a su esposa, «está loco por ella» (pág. 189).

Inmediatamente el pensamiento de Marcela admite otra posibilidad: que la vida de Álvaro sea monótona y él quiera experimentar un cambio.  El «antes» se refiere al período después del accidente de Álvaro y antes del empiezo de la tertulia diaria que tiene Álvaro con don Francisco, don Mariano, y don Antonio.  Durante esos días ella pasaba horas enteras sentada quieta sin poder reaccionar mental o emocionalmente a la verdad del accidente.  Ahora Álvaro pasa todos los días dentro de casa sin poder moverse del sitio en donde lo ponen; para él, todos los días ahora son iguales.  El narrador menciona en otro momento que «desde la caída no ha vuelto a sentir calor» (pág. 263), así que ni siquiera el cambio de las estaciones le concede variación entre los días.  Esta continuidad infinita agobiaba a Marcela quien supone que su marido sentirá lo mismo.

Apartado B: La respuesta de Marcela
“—Iré, si lo quiere.”
Como siempre, Marcela deja que su esposo tome las decisiones y no le da muestra alguna de sus preferencias.  Por su respuesta Álvaro no tiene la menor idea de si ella realmente quiere ir o no.  Es importante notar que Marcela sigue tratando de usted a su marido.  Había un momento en que este hábito «le enojaba lo indecible» a Álvaro (pág. 176), pero ya no siente más que piedad y ternura hacia ella (pág. 244) y no dice nada.

“Al oírla tan mansa, Álvaro suspira, aliviado. Es casi como un quejido
que se deshace en sonrisa: sólo la sombra de la noche sabe de ella.”
Álvaro tiene sentimientos contradictorios hacia la respuesta de su mujer.  Siente alivio porque ella ha aceptado su idea, pero hay más que esto en su suspiro: el narrador también usa un término muy opuesta, «un quejido», para describirlo.  El DRAE define quejido como «voz lastimosa, motivada por un dolor o pena que aflige y atormenta», así que resulta chocante el uso de esta palabra con aliviado.  Con este contraste, el narrador permite al lector ver el conflicto dentro del corazón de Álvaro en cuanto a Marcela.  Aunque le agrada que su mujer le escuche, le duele que ella nunca le diga lo que piensa o quiere.  La palabra mansa es llamativa porque muchas veces se usa para referirse a los animales, que no tienen voluntad propia sino que hacen lo que mandan otros.

Entre los dos sentimientos, no obstante, gana lo positivo cuando el quejido que viene primero «se deshace en sonrisa».  Pero Marcela no sabe que Álvaro sonríe porque está oscuro dentro del cuarto, así que ella tampoco sabe cómo su esposo se siente hacia ella.

“—Puedes coger el coche de Andrés, y pasas el día allá, de cuando en cuando. No es vida para una mujer joven…”
Ya que Marcela ha aceptado la idea de ir a Cora, Álvaro continúa formulando el plan.  Vale notar que ella pasará el día en Cora solamente a veces; Álvaro no sugiere que se ausente de La Sagreira todos los días.  El comentario de Álvaro sobre la vida de Marcela parece un pensamiento a voz alta al que no espera una respuesta.  A pesar del deber que siente Marcela a quedarse con su esposo, éste reconoce que ella—unos treinta y tres años menor que él—necesita la compañía de otros de su edad.  También reconoce que las tertulias entre sus amigos que toman lugar todas las tardes son cosa de hombres y supone que Marcela, como mujer, querrá otro tipo de compañía.

Apartado C: Las reflexiones de Marcela
“Marcela piensa, de pronto, que no se ha dado cuenta de cómo pasó el verano y el otoño. En la primavera pasada murió don Enrique…”
Marcela, quien ha vivido la mayoría de sus días al aire libre, no recuerda ahora el paso de las estaciones.  La muerte de don Enrique en la primavera es el punto de referencia por los pensamientos que siguen porque el día de su funeral fue el mismo día en que Álvaro se cayó, paralizándose y cambiando el rumbo de la vida de Marcela.

“…y desde entonces, dentro de casa, con la lumbre encendida en pleno estío, los días se han ido sin notarlos.  Ella estaba habituada a andar, a sentarse el día entero al aire libre, y por eso, quizás, ha sentido antes opresión, angustia.”
La «nueva vida» de Marcela tiene lugar dentro de la casa sin respecto a lo que pasa afuera: las estaciones y el tiempo no importan.  Dentro de la casa todos los días y todas las estaciones se parecen; ni siquiera en pleno verano, en los días más soleados y más calurosos de todo el año, se apagan las luces.

Este nuevo estilo de vida forma un contraste bastante fuerte a la vida anterior de Marcela.  Desde que era niña prefiere pasar los días al aire libre; por más que Ermitas la riñera seguía escapándose a los campos siempre que podía (pág. 43).  Aún después de casarse se sentaba con frecuencia junto al pozo para hablar y reírse con Ermitas y caminaba por los campos (págs. 172-173).  No es de sorprender entonces que el cambio la oprima y la angustie.

“También Álvaro andaba… ‘¡Ay!’, tiene gana de gritar Marcela.”
Los primeros pensamientos de Marcela en cuanto a la división del tiempo—«antes de accidente» y «después del accidente»—han centrado en ella misma, pero estos pensamientos dan lugar a otros más difíciles.  El accidente que alteró su vida cambió aún más la vida de Álvaro, y este recuerdo le trae tanta emoción que siente dentro de su ser un grito de dolor.

“Ahora recuerda cuántas veces le viera por la fraga, caminando despacio, empujando las hojas con el bastón.”
Marcela recuerda a su marido caminando por las fincas aún hasta las partes no cultivadas donde tenía necesidad de despejar con su bastón el camino que tomaba.  Que lo hacía con frecuencia e iba despacio sugiere que le gustaba estar afuera y no tenía prisa por regresar a la casa.

“La imagen de un hombre fuerte y joven viene a ella: encuentra, en la noche, al amo que se inclinaba por la ventana del despacho cuando ella era muy pequeña: ‘Cuidado, que va a caerse’. Él no tuvo a nadie cerca que avisara: ‘Cuidado, que se cae’.”
Ahora, tendida en la cama junto a su esposo, Marcela recuerda un evento de su infancia.  Ella estaba junto a Ermitas, jugando, mientras ésta lavaba ropa en el pozo.  No sabía que el amo la miraba desde la ventana de su despacho hasta que él gritó a Ermitas que Marcela iba a caerse (pág. 42).  Marcela yuxtapone este recuerdo con lo que sabe del accidente de Álvaro: su esposo se cayó de su caballo.  Cuando ella corría peligro, él no dejó que se dañara; pero cuando fue él que se encontraba en una situación semejante, ni ella ni nadie estaba a su lado para impedir que se hiriera.

“Le ve sin canas, con la cara curtida del sol, inclinándose sobre los surcos: ‘Sacha más, que tan a flor de tierra no prende’.”
Se veía en la cara de Álvaro que pasaba mucho tiempo al sol.  El verbo curtir refiere a que el sol tuesta y endurece la piel de quién suele andar al aire libre (DRAE).  El hecho de que Álvaro ofrecía consejos sobre la siembra—aquí exige que se arrancara más hierba mala para que la siembra creciera mejor—muestra que tenía buen conocimiento de las funciones de sus fincas, aunque él mismo no trabajaba la tierra.

Y cuando ella, mocosa de ocho años, iba, mandada por Ermitas, a ver si necesitaba algo, o a cerrar las ventanas en los días de viento. ¡Cuánto miedo pasaba por los pasillos! Y luego le semejaba milagro ver al amo de pie, frente a la ventana, mientras el tumbaloureiro amenazaba tirar la casa.
Otro recuerdo que Marcela tiene de su niñez: los días del tumbaloureiro, o sea, el viento del norte que da al libro su nombre.  Marcela era joven y no tenía experiencia en servir al amo; por eso, se recuerda como «mocosa» (DRAE).  Para caminar, tenía que luchar contra el viento que entraba en el pasillo; vio que cosas caían y se rompían, que le daba miedo.  Pero en esa ocasión como en otras, Álvaro mostraba su amor para con la naturaleza: en vez de protegerse del viento, tenía la ventana de su despacho abierto y estaba frente a ella disfrutando la tormenta (págs. 59-60).  A los ojos de la pequeña criada era increíble que el amo, en vez de tener miedo como ella, se pusiera a propósito en el trayecto del viento.

“¡Tantas noches con Ermitas, pendiente de los relinchos del ‘Gallardo’ — ¡el demonio se lo lleve! — que anunciaban la llegada del amo!”
El último recuerdo de Marcela en este momento es el de estar en la cama, al lado de Ermitas, escuchando codiciosas a que regresara Álvaro.  El relincho del caballo era el primer sonido que oían que indicaba la presencia del amo; por esta razón las dos quedaban, según el DRAE, «sumamente atentas» para oír este sonido.  Pensándolo ahora, Marcela maldice el caballo porque fue el “Gallardo” que Álvaro montaba la noche del accidente y que lo dejó caer.  Es interesante que Marcela piense mal del caballo, como ella se culpa a sí misma del accidente.

Apartado D: Termina la conversación
“—Y luego, ¿quién subirá a los otros, si les llevo el coche?
   —¿Qué importa? — porfía Álvaro.
   —Habrá que esperar al buen tiempo.
   —Mujer, en el coche…”
Marcela ha aceptado el plan de su marido, pero no puede evitar mostrar su disgusto con una pregunta propia.  Sabe que los amigos de Álvaro suelen tomar el coche de Andrés los días de mal tiempo.  Álvaro no da importancia a la cuestión; cuando el narrador dice que porfía—insiste repetidamente (DRAE)—nos da a entender que Álvaro ya ha tomado una decisión y no acepta las protestaciones, débiles como son, de su mujer.  Aún cuando ella sugiere salir sólo en días de buen tiempo, cuando los amigos no tienen necesitad del coche, él insiste en que ella no se inquiete.

“Marcela sabe que Ermitas fruncirá los labios, que las criadas dirán en la cocina: ‘Con el marido enfermo tira para el monte, como la madre’.  Compadecerán al señor: ‘¡Cuidado!’, y ella no quiere que compadezcan al amo, a su marido.
     —Puédole ir la tarde sólo, entremientras los otros le acompañan.”
Marcela teme la reacción que tendrán las criadas cuando ella salga.  Ermitas, en un momento la única «madre» que Marcela conocía, le echa la culpa del accidente a Marcela y ya no trata con ella.  La acción de fruncir los labios indica disgusto y una falta de aprobación.

Como las otras criadas nunca tenían buena opinión de Marcela, ahora pensarán que no tiene derecho de dejar a su marido; lo irónico es que Marcela piensa lo mismo y es Álvaro el que insiste.  Las criadas mencionarán a la madre de Marcela, la Matuxa, quien era «guarra» y «mala pécora» (págs.10, 17): dio luz a Marcela sin estar casada, intentó matar a su bebé, y luego huyó de La Sagreira dejando atrás a Marcela.  Durante toda la vida de Marcela el pecado de su madre ha sido influencia en cómo las criadas la tratan, y sabe que ellas no perderán oportunidad de repetir que ella es hija de mala madre.  Tendrán misericordia del amo por las acciones de ella: desde el accidente los criados dan a Marcela a entender que Álvaro pertenece más a ellos, sus criados fieles, que a ella, su esposa, la que «tiene la culpa» de su parálisis.  Marcela sabe que si deja a su marido, este sentimiento va a crecer entre los criados, pero sabe también que a pesar de su aflicción Álvaro es un hombre fuerte y no precisa la compasión de nadie. Estos conocimientos motivan a Marcela a proponer un cambio pequeño al plan: si no deja a Álvaro completamente a solas, tal vez no ganará tanto desprecio de las criadas.

“Álvaro se avergüenza, tiene gana de hundir la cabeza en la almohada, de pedirle perdón.
     ‘Gracias, Marcela’, le diría.”
Álvaro no sabe todo lo que piensa Marcela al respecto al plan nuevo, pero entiende que ella está ofreciendo un compromiso y esto le molesta.  Como el amo de la casa no le gusta tener que depender de nadie, especialmente de su esposa porque cree que es él que debe proteger a ella.  El verbo hundir es muy descriptivo porque tiene el significado literal de «meter en lo hondo, sumergirse» pero también tiene usos más fuertes: «destruir, desaparecer» (DRAE).  La vergüenza que Álvaro siente al poner a su mujer en la situación de proteger y cuidar a él es grandísima.  Piensa en pedirle perdón o al mínimo agradecerle su cooperación y ayuda.

“Pero ambos callan.”
La conversación termina; el plan está completo y la decisión ha sido tomado.  Que los dos dejan de hablar no es notable en sí; es normal al final de una conversación.  Lo interesante aquí es que ambos callen a pesar de lo mucho que anhelan decir.

El tema: No puede existir entendimiento verdadero en una relación si las personas que la componen no hablan honesta y abiertamente.

Conclusión:
Este trozo, como muchos en el libro, me dio ganas de llorar.  Hay tanto cariño que existe entre Álvaro y Marcela, pero ningún de los dos sabe expresar lo que siente.  Tanto los recuerdos de Marcela como su insistencia en tratar a Álvaro de usted muestran que todavía piensa en Álvaro como «el amo».  Por otro lado, el orgullo de Álvaro—como hombre y también tal vez por ser, de hecho, el amo—tampoco le permite experimentar un entendimiento mutuo con su esposa.  Después de leer este trozo no es difícil de creer que los dos nunca llegarán a un acuerdo y nunca tendrán oportunidad de confesar el amor que en verdad comparten.

sábado, 27 de noviembre de 2010

Resumen de Viento del norte

Katharine Rodríguez
Viento del norte por Elena Quiroga (1950)
La versión que leí: Ediciones Destino (colección Áncora y Delfín): Barcelona, 1970

Los personajes principales:
Marcela: Hija ilegítima de una criada. Vive en la casa señorial de La Sagreira y ha sido criado por la vieja sirvienta Ermitas. Es fiera, independiente y tímida. Se casa con Álvaro y tiene un hijo, Álvariño.
Álvaro: El amo de La Sagreira. Es compasivo y bueno. Tiene aproximadamente 30 años al empezar la novela. Se enamora de Marcela y se casa con ella. Escribe un libro a lo largo de su vida sobre la historia del Camino de Santiago; lo considera su gran obra.
Ermitas: La vieja ama de llaves en La Sagreira que cría a Marcela. Ha servido a Álvaro desde su niñez y sirvió a sus padres también. Ella defiende a Marcela de las otras criadas y la deja crecer «como un animal».
La Matuxa: La madre de Marcela. Después de dar luz a su hija en el granjero de La Sagreira, ella huye y nadie de la finca la vuelve a ver. Vienen rumores más tarde de que se ha muerto.
Juan: Hombre que cuida los animales de La Sagreira. Estaba enamorada de Matuxa y odia a Marcela por su desconocido padre. Siempre la trata mal y les dice a las mozas del pazo que Marcela es bruja.
Rosalía, Dolores, y Herminia: Las criadas que trabajan en La Sagreira. Temen a Marcela porque creen que es bruja y como Juan la tratan mal.
Don Enrique y doña Lucía: Los tíos de Álvaro. Como sus padres ya murieron, éstos son su familia íntima. Don Enrique es alto, mujeriego y severo; doña Lucía es paciente y dócil aunque también lucha por lo que quiere. Viven cerca de La Sagreira en otro pazo llamado Cora. Tienen dos hijos y cinco hijas y cultivan eucaliptos.
Jorge y Miguel: Los primos de Álvaro (hijos de don Enrique y doña Lucía). Jorge ama la tierra de sus padres y es soltero. Miguel prefiere salir de Cora y tiene una novia, la Saruca, con quien tiene relaciones pero no se atreve casarse sin la aprobación de sus padres.
Dorila: La hija mayor de don Enrique y doña Lucía. Ella se casa con un indiano y se muda a Cuba.
Tula: La segunda hija de don Enrique y doña Lucía que se enferma. Álvaro pasa todas las tardes con ella durante su invalidez porque ella es la única persona que entiende su amor hacia los libros. Después de dos o tres años de estar enferma, se muere.
Ángela y Manuela: Hijas gemelas de don Enrique y doña Lucía. Se hacen monjas.
Lucía: La hija menor de don Enrique y doña Lucía. Llega a ser buena amiga de Marcela. Se enferma poco después de Tula y tiene que alejarse hasta mejorarse. Luego se casa con Joaquín, el joven médico.
Álvariño: El hijo de Marcela y Álvaro.
La hermana Josefa: Monja que tiene la enseñanza de Marcela cuando está en el convento. Ayuda a Marcela a aguantar los dos años que pasa lejos de La Sagreira.
Don Francisco, don Mariano, y don Antonio: El juez, el médico y el cura. Después del accidente de Álvaro pasan todas las tardes con él en La Sagreira. Don Francisco se enamora de Marcela.

Los personajes secundarios:
Daniel y Pablo: Criados en La Sagreira. Daniel es el hijo de Pablo y tiene más o menos la misma edad que Marcela.
Joaquín: El joven médico con quién se casa Lucía.
Margarida: Caseros de don Enrique y doña Lucía que vive en Las Puentes. Marcela la conoce cuando llega allí con Lucía. Margarida tiene cinco hijos.
Don Luis: El médico en Las Puentes.
Yago: Viejo misterioso que es amigo de Ermitas. Tenía una hija llamada Marcela que se le murió. Es por su hija que Ermitas le pone el nombre de Marcela a la hija de la Matuxa.
La Merla: Vieja del pueblo que tiene fama de bruja.
Gabriela: La ama de llaves de Cora.
Andrés: Conductor del único automóvil que existe en la región. Álvaro y los de Cora aprovechan a menudo de su servicio.
La Rula: La vieja curandera del pueblo.

La organización de la novela:
El libro tiene treinta y tres capítulos divididos en cuatro partes de extensión más o menos igual. La primera parte incluye capítulos I a VII y describe la infancia de Marcela. Los capítulos IX a XVII componen la segunda parte que corresponde a la adolescencia de Marcela. La tercera parte, capítulos XVIII a XXIV, describe la llegada de Marcela a los años adultos, su matrimonio con Álvaro, y el nacimiento de su hijo. Los capítulos XXV a XXXIII forman la cuarta parte de la novela, que se enfoca en las dificultades del matrimonio y termina con la muerte de Álvaro.

La división de la novela en cuatro partes apoya la trama de la novela porque cada vez que empieza otra parte, el lector entiende que algo importante está a punto de cambiar en la vida de Marcela. Los capítulos, por otro lado, son bastante cortos y sirven mayormente para separar acontecimientos específicos. La mayoría de los capítulos duran solamente unas horas, o tal vez unos días, pero más tiempo pasa entre capítulos, especialmente en la primera parte mientras Marcela crece. Incluso los capítulos que sí abarcan más tiempo generalmente lo hacen de un salto: por ejemplo, al principio del capítulo X se describe cómo pasan Marcela y Lucía unos días. Entonces el narrador menciona que «dos primaveras florecieron» antes del próximo acontecimiento, que otra vez consta de solamente unos días.

En total, más o menos 25 años pasan a lo largo de la novela, aunque es difícil saber exactamente por dos razones: la primera, que no se menciona ninguna fecha; y la segunda, que la trama sigue la vida de Marcela, y parece que nadie en el libro está seguro en ningún momento de la edad exacta que tiene ella. Por eso también las extensiones de tiempo aquí alistadas son en su mayor parte aproximaciones.

Primera parte
• Capítulo I: págs. 9-18 (dos días)
• Capítulo II: págs. 18-24 (varios días)
• Capítulo III: págs. 24-35 (un día)
• Capítulo IV: págs. 36-42 (dos o tres años)
• Capítulo V: págs. 42-48 (varios días — varios años después del capítulo IV)
• Capítulo VI: págs. 48-55 (un día — unos años más tarde)
• Capítulo VII: págs. 56-63 (un día — dos años más tarde)
• Capítulo VIII: págs. 64-70 (unas semanas o meses)

Segunda parte
• Capítulo IX: págs. 73-79 (unos meses)
• Capítulo X: págs. 79-91 (más de un año)
• Capítulo XI: págs. 91-99 (unas semanas)
• Capítulo XII: págs. 99-107 (varios días)
• Capítulo XIII: págs. 107-115 (varios días)
• Capítulo XIV: págs. 116-121 (un día)
• Capítulo XV: págs. 122-128 (unas semanas)
• Capítulo XVI: págs. 128-135 (varios días)
• Capítulo XVII: págs. 135-145 (una noche y un día)

Tercera parte
• Capítulo XVIII: págs. 149-157 (casi un año)
• Capítulo XIX: págs. 157-163 (varios meses)
• Capítulo XX: págs. 163-166 (un día)
• Capítulo XXI: págs. 166-171 (varios días — unos meses más tarde)
• Capítulo XXII: págs. 172-179 (unos meses)
• Capítulo XXIII: págs. 180-186 (un día)
• Capítulo XXIV: págs. 186-193 (una noche)

Cuarta parte
• Capítulo XXV: págs. 197-206 (varias semanas)
• Capítulo XXVI: págs. 207-217 (varias semanas o meses)
• Capítulo XXVII: págs. 217-228 (un día)
• Capítulo XXVIII: págs. 228-238 (una noche)
• Capítulo XXIX: págs. 239-249 (unas semanas)
• Capítulo XXX: págs. 249-257 (varios días)
• Capítulo XXXI: págs. 257-262 (un día)
• Capítulo XXXII: págs. 263-271 (varias semanas)
• Capítulo XXXIII: págs. 271-278 (dos días)

El argumento:
PRIMERA PARTE
Capítulos I-II
Una de las criadas de Álvaro da luz a una hija en el establo. Trata de matar a la bebé pero está descubierta. Álvaro promete a la madre que se cuidará la hija y no tiene nada que temer, pero al día siguiente, Ermitas descubre que la Matuxa se ha ido de La Sagreira. Los de La Sagreira la buscan sin éxito. La recién nacida es bautizada con el nombre de Marcela, el mismo nombre que tenía la hija del viejo Yago.

Capítulo III
Es un día de caza. Álvaro va con su tío, don Enrique, y sus primos, Jorge y Miguel. Enrique no entiende por qué Álvaro tiene interés en leer y escribir sobre la historia de Galicia, pero Álvaro no le hace caso.

Capítulos IV-V
Juan, un criado en La Sagreira, nota la mancha que tiene Marcela en el cuello y empieza el rumor de que la niña es bruja. Álvaro habla con Juan para poner fin a los rumores y dejarlo claro que Marcela se va a criar en la casa. El narrador describe a Marcela como pelirroja como su madre—otro rasgo que contribuye a que los criados la rechacen—pero sin pecas ni piel blanca, como suelen tener los pelirrojos; en cambio, tiene la piel oscura. Pasa mucho tiempo afuera en el jardín y el huerto y le gusta observar a las mujeres trabajando las tierras, pero ellas la tratan mal porque creen que tiene el mal de ojo. Yago visita con las noticias de la muerte de la Matuxa; la han encontrado asesinada, supuestamente por el Juan.

Capítulo VI
Un año, vienen de Cora doña Lucía con sus hijas. Las muchachas se compadecen de Marcela, pero ella no quiere su piedad y les demuestra su fiereza con una patada a Lucía. Las señoritas la llaman «desgraciada» y le preguntan a Álvaro por qué no la mandó al asilo; Marcela siente muy avergonzada y le dice a Ermitas que prefiere estar muerto que sufrir la lástima de todos.

Capítulo VII
Marcela celebra su primera comunión en la iglesia de la finca con Ermitas y Lucía. Vienen los vientos fuertes—el tumbaloureiro—y cuando Marcela va al despacho de Álvaro para ver si necesita algo descubre a éste con las ventanas abiertas a la tormenta.

Capítulo VIII
Álvaro pasa todas las tardes con Tula quien está muy enferma. Ella es la única persona en su vida que valora los libros como él. A Lucía le han dicho que no debe entrar en el cuarto de la enferma, pero lo hace y como resultado, se enferma y el médico manda que la alejen de la casa para que se mejore. Lucía escoge a Marcela para acompañarla a Las Puentes.

SEGUNDA PARTE
Capítulo IX
Marcela y Lucía llegan a Las Puentes. Marcela echa de menos La Sagreira y a Ermitas. Lucía se entera de que Marcela no sabe leer a pesar de sus catorce años y decide enseñarla, pero Marcela no entiende por qué es tan importante aprender las letras y los buenos modales.  Al saber que Álvaro viene a Las Puentes a visitar a Lucía, Marcela piensa en su vida de criada y en que él es el amo, y ella no tiene remedio sino trabajar día y noche para él hasta morirse.

Capítulo X
Después de más de un año, Lucía se ha mejorado y quiere regresar a casa. Cuando el médico llega con la noticia de la muerte de Tula, las muchachas vuelven a Cora. Marcela regresa a La Sagreira con Álvaro donde Ermitas nota que ha crecido y aprendido los buenos modales.

Capítulos XI-XIII
Álvaro mira por la ventana de su despacho y por alguna razón todo le parece distinto. Se da cuenta de que está muy solo. Oye una salpicadura y ve a Marcela lavándose en el pozo. De repente reconoce que Marcela ya es una mujer de piernas bellas. Todas las mañanas siguientes la mira al escondite; empieza a enloquecerse por ella. Se comporta de una manera muy rara con ella y Marcela no entiende por qué. El pensamiento de él se enfoca más que nunca en Marcela hasta tal punto que se enferma. Jorge, que ha venido a visitarlo, y Ermitas creen que es por trabajar tanto en el libro, y Jorge le ruega que regrese a Cora con él. Álvaro piensa que Marcela se reiría de él si supiera de su interés.

Capítulos XIV-XV
Álvaro va a Cora con Jorge y se enteran de que Dorila se casa. En Cora, Álvaro trabaja tan duro que no tiene tiempo para pensar; intenta olvidar a Marcela. Mientras todos están preparando para la boda de Dorila, Álvaro procura dominar su pasión y piensa otra vez en el libro que escribe.

Capítulos XVI-XVII
Llega el día de la boda. En el baile, Daniel saca a Ermitas y luego Álvaro saca a Marcela. Mientras bailan, Juan circula un rumor de que Marcela piensa seducir al amo. El rumor corre tan rápidamente que al día siguiente Don Enrique decide averiguar lo que pasa y se queda maravillado al saber que Álvaro está enamorado de Marcela. Hablan con doña Lucía y deciden mandar a Marcela a un colegio, diciéndole la verdad del motivo del traslado para darle tiempo para decidir si quiere casarse con Álvaro.

TERCERA PARTE
Capítulos XVIII-XX
Marcela odia vivir en el convento y llevar el uniforme incómodo de monja. No quiere aprender nada y está enfadada con Álvaro, porque sabe que es por él que está en el convento. Encuentra a una amiga en la Hermana Josefa, quien intenta enseñarla la costurera. Lucía viene a visitarla y le dice a Marcela que se ha casado con Joaquín. Quiere saber si Marcela se casa con Álvaro, y Marcela responde que no tiene otro remedio porque Álvaro es el amo. Luego Ermitas viene con Lucía a visitarla. Álvaro también ha venido y pasa un rato a solas con Marcela. Le pide casarse con él y ella responde con, «Sí, señor»; él trata a hacerla comprender que ya no es su señor, que va a ser su marido. Cuando salen, la Madre Superior comenta a la Hermana Josefa que habrá algo más que lo visto para que un señor se case con una aldeana.

Capítulos XXI-XXII
Marcela ha salido del convento y ya está casada con Álvaro. Él trata de conversar con ella, pero Marcela no sabe relacionarse con él como mujer. Cuando vuelven a La Sagreira, las relaciones de Marcela con las otras criadas siguen siendo difíciles porque están convencidas de que es bruja y ha hechizado al amo. Álvaro la defiende pero esto enfurece a Marcela porque no sirve sino para separarla aún más de las demás mujeres. No ve diferencia alguna entre ser criada y ser ama y sigue tratando a Álvaro de «usted», cosa que a él le molesta mucho. Le molesta también que ella calla siempre y nunca dice lo que piensa.

Capítulos XXIII-XXIV
Marcela se encuentra embarazada. Al oír las noticias, Álvaro casi corre a su lado y la abraza fuertemente. Por un momento, son un matrimonio cualquier en vez de amo y criada, pero el momento pasa y como apenas se comunican, cada uno cree que la separación que sigue es por algo que ha hecho sin querer para ofender al otro. Nace el hijo y mientras duerme el bebé Álvaro recuerda el parto. Aparte, Lucía y Joaquín comentan la aparente distancia entre Álvaro y su mujer; y después de pensarlo, Álvaro se da cuenta de que además de orgulloso se siente vacío.

Capítulo XXV
Ermitas lleva al niño a la cocina donde las mozas, sin que ella se entere, ponen en la ropa del bebé un conjuro contra el mal. Marcela lo encuentra y se enfurece porque entiende que «el mal» que temen las criadas es ella. Álvaro llega para saber por qué grita Marcela, y ella se da cuenta de que la presencia de su marido la tranquiliza aunque nunca se atrevería decírselo.

Capítulo XXVI
Álvaro termina por fin su libro, su gran obra. Está muy orgulloso pero se le ocurre pensar que lo renunciaría para una caricia de su mujer. Reconoce que no sabe expresarse a ella. Ella por su parte está orgullosa de que su hijo se parezca a Álvaro pero no se lo dice a su marido. Don Enrique agoniza; Álvaro llega antes de que se muere y luego ayuda con el entierro.

Capítulo XXVII
Marcela llega al funeral de don Enrique vestida como una aldeana. Como Álvaro es respetado en todo el pueblo, se avergüenza a ver así a su mujer y cree que ella quiere humillarlo. Otra vez en casa, Álvariño entra en el despacho de su padre, descalzo y frío. Marcela explica que el hijo se le escapó y se descalzó sin que ella lo supiera. Álvaro, furioso, grita que ella ni sirve para cuidar a su hijo; Marcela, por primera vez, le devuelve el grito y con desprecio lo llama viejo.

Capítulo XXVIII
Los criados salen en la noche y regresan llevando a Álvaro, herido, entre varios de ellos. Es claro que los criados culpan a ella del daño que se ha hecho el amo. Nadie le habla ni le explica nada mientras esperan al médico; ni siquiera Ermitas la mira a los ojos. Llegan Joaquín y Lucía y se enteran de que Álvaro, después de discutir con Marcela, salió a caballo y iba tan descuidadamente que se cayó y ahora tiene la espina rota.

Capítulo XXIX
Marcela no sale del cuarto de su marido porque solo allí está a salvo de los reproches de los demás. Un especialista confirme que Álvaro está paralizado desde la cintura hacia abajo. Álvaro piensa en su vida: su hijo es lo más importante y el accidente no cambia esto. Entiende que Marcela nunca lo ha amado sino que se casó porque se sentía obligada. Ve que ella se aleja de su hijo y se entera de que tomó en serio lo que él le gritó. Al principio, después del accidente, vienen muchas personas a condolecerse; luego continúan llegando el juez, el médico y el cura todas las tardes para una tertulia con Álvaro. El joven juez, don Francisco, se enamora de Marcela.

Capítulo XXX
Marcela se acostumbra a las visitas de los amigos de Álvaro. Nota que don Francisco se parece en algunos hábitos a su marido pero a diferencia de éste es joven. Álvaro le dice que vaya a pasar algunos días con Lucía en Cora. Marcela se da cuenta de que ha pasado medio año en casa sin salir como estaba acostumbrada; le viene el recuerdo de que antes su marido también caminaba afuera.

Capítulos XXXI-XXXII
A don Francisco le molesta que Marcela ya no está en La Sagreira por las tardes y empieza a calcular cómo verla. Marcela también piensa en don Francisco y se pregunta cómo habría sido su vida al casarse con un hombre joven. Su marido, por su parte, no sabe cómo decirle que no la culpa de su accidente; él mismo tiene la culpa. Un día, al llegar a Cora, Marcela se encuentra con don Francisco.

Capítulo XXXIII
Álvaro sabe que Marcela es leal pero teme que el juez la engañe. En Cora, don Francisco revela que los otros hombres tampoco suben ahora a La Sagreira por las tardes; Marcela lo ignoraba pero nadie la cree y la miran con desprecio porque deja a su marido solo en casa. Decide ir a Cora el día siguiente por última vez; Álvaro piensa detenerla y rogarle que se quede con él, pero no lo hace. En Cora todos la tratan mal, y en un momento la dejan sola con don Francisco, quien la besa. Horrorizada, Marcela empieza a gritar. Grita y llora durante el viaje de regreso a casa en el coche de Andrés; por fin, tiene ganas de contarlo todo a su marido. Se da cuenta de cuánto ama a Álvaro y sabe que él la entiende mejor que nadie. Al entrar en el despacho de Álvaro, huele papeles quemando y ve el libro de Álvaro, su obra maestra, en la chimenea. Aun antes de volverse a mirarlo sabe qué pasó: «Si el libro arde es que Álvaro ha muerto». Se da la vuelta y ve a su esposo muerto en su butaca.

Los trozos:
*Trozo 1: pág. 92
   Álvaro, extrañamente lúcido, abría el cuaderno. Pero algunas mañanas sólo el ver la hoja en blanco le abrumaba; con la pluma en mano trazaba mil arabescos. “¿Para quién trabajo? ¿Para qué?... El mejor día se me acaba la vida, ¿y qué? Un trabajo incompleto…”
   Se asomaba a la ventana; el aire era fresquísimo, vívido. Se le abrían las carnes en el deseo de sorberse aquel aire. Hasta ahora había percibido la Naturaleza en masa; ahora, sorprendido, avizoraba las nervuras de las hojas verdes, el gracioso balanceo de las ramas cuando soplaba un viento suave, y aquel olor fragrante y húmido, que se le metía por el olfato en los huesos y en la sangre.
   A la izquierda, por encima del muro, divisaba los manzanos de la huerta, florecidos: el olor de la pomareda era un olor a verde, como una muchacha.
   “¿Qué me pasa a mí? Me levanto tan despejado, y luego me entra esta modorra.”
   Pasaban las primeras carretas de bueyes, chirriando los ejes su canción; una canción compuesta de gritos, de ayes lastimeros y de sollozos. Algunos carros parecía que lloraban. Marchaban vacíos, para la carga. Delante de la yunta, el carrero, con la vara en la mano.
   Álvaro miraba al hombre y se sentía distante de él, de todos. Si se asomara y gritase: “¡Eh, amigo!”, el otro no comprendería. Se quitaría la gorra, seguramente, esperando que le convidase a un trago. Álvaro quedaría solo, tras su ventana, porque ningún calor humano podía venir de otro a él.
   Acercándose, el “Chinto” le lamía las manos. Sí, “Chinto”. Gracias, “Chinto”.
   Aquello no bastaba, pobre can.

Me gusta este trozo porque describe de una manera muy vívida la soledad que siente Álvaro. También es cuando se da cuenta por fin de que su trabajo no puede concederle una vida llena. Es en este momento, cuando tiene los ojos más abiertos que nunca y se reflexiona en su propia soledad, que ve por primera vez a Marcela lavándose en el pozo y se enamora.

*Trozo 2: págs. 256-257
   —Marcela — en la oscuridad, la voz de Álvaro, partiendo del cuerpo quieto, la sobrecoge —. ¿Por qué no vas, un día de estos, a ver a Lucía?
   —¿Con el niño? — pregunta Marcela, asombrada.
   —Con el niño, sí — se sacrifica Álvaro.
   Marcela calla. No tiene deseos de ausentarse, le parece que su puesto está allí, junto al sillón de su marido inválido, pero no sabe cómo decirlo. Por otra parte, ¿no será que Álvaro, al fin, se ha cansado de ella? ¿O que también, como ella antes, se siente abrumado por la monotonía del vivir?
   —Iré, si lo quiere.
   Al oírla tan mansa, Álvaro suspira, aliviado. Es casi como un quejido que se deshace en sonrisa: sólo la sombra de la noche sabe de ella.
   —Puedes coger el coche de Andrés, y pasas el día allá, de cuando en cuando. No es vida para una mujer joven…
   Marcela piensa, de pronto, que no se ha dado cuenta de cómo pasó el verano y el otoño. En la primavera pasada murió don Enrique, y desde entonces, dentro de casa, con la lumbre encendida en pleno estío, los días se han ido sin notarlos. Ella estaba habituada a andar, a sentarse el día entero al aire libre, y por eso, quizás, ha sentido antes opresión, angustia. También Álvaro andaba… “¡Ay!”, tiene gana de gritar Marcela. Ahora recuerda cuántas veces le viera por la fraga, caminando despacio, empujando las hojas con el bastón. La imagen de un hombre fuerte y joven viene a ella: encuentra, en la noche, al amo que se inclinaba por la ventana del despacho cuando ella era muy pequeña: “Cuidado, que va a caerse”. Él no tuvo a nadie cerca que avisara: “Cuidado, que se cae”. Le ve sin canas, con la cara curtida del sol, inclinándose sobre los surcos: “Sacha más, que tan a flor de tierra no prende”. Y cuando ella, mocosa de ocho años, iba, mandada por Ermitas, a ver si necesitaba algo, o a cerrar las ventanas en los días de viento. ¡Cuánto miedo pasaba por los pasillos! Y luego le semejaba milagro ver al amo de pie, frente a la ventana, mientras el tumbaloureiro amenazaba tirar la casa. ¡Tantas noches con Ermitas, pendiente de los relinchos del “Gallardo” — ¡el demonio se lo lleve! — que anunciaban la llegada del amo!
   —Y luego, ¿quién subirá a los otros, si les llevo el coche?
   —¿Qué importa? — porfía Álvaro.
   —Habrá que esperar al buen tiempo.
   —Mujer, en el coche…
   Marcelina sabe que Ermitas fruncirá los labios, que las criadas dirán en la cocina: “Con el marido enfermo tira para el monte, como la madre”. Compadecerán al señor: “¡Cuidado!”, y ella no quiere que compadezcan al amo, a su marido.
   —Puédole ir la tarde sólo, entremientras los otros le acompañan.
   Álvaro se avergüenza, tiene gana de hundir la cabeza en la almohada, de pedirle perdón.
   “Gracias, Marcela”, le diría.
   Pero ambos callan.

Este trozo demuestra los pensamientos de Marcela hacia su marido. Aunque Álvaro cree que Marcela no lo quiere, ella tiene muchas memorias cariñosas de él y le angustia su incapacidad. Se puede ver el cariño de Álvaro hacia su mujer; le da pena verla encerrada tanto tiempo en la casa y le importa su confort. Pero el trozo también muestra el gran problema que tiene el matrimonio: que no saben comunicarse, y lo que se dice nunca termina siendo igual a lo que se entiende oír.

Comentario personal:
Me encantó esta novela. Las descripciones de la naturaleza son bonitas y numerosas. El lenguaje es bastante sencillo pero con mucha influencia del gallego, que da crédito al libro y también sirve para que el lector entre en la escena. El desacuerdo entre Marcela y Álvaro me entristeció mucho y no podía creerlo al leer el fin del cuento y saber que nunca llegan a un acuerdo.

Yo creo que el tema de la novela se encuentra en un lema que suele repetir la vieja criada Ermitas: «El que no sabe es como el que no ve». Ermitas aplica este dicho a las criadas que, por supersticiosas, evitan a Marcela; al fin del libro, Marcela lo aplica a sí misma porque sabe que no ha entendido el amor que tiene su marido por ella.